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Nov

Dieta mediterránea: ¿mito o evidencia?

Portada del libro Coma bien, manténgase sano que inició la divulgación del concepto «dieta mediterránea

Desde que la escasez de alimentos no es un problema para gran parte de la sociedad occidental, la preocupación por seguir una dieta saludable -y óptima- ha adquirido mayor protagonismo en la sociedad contemporánea. De hecho, más de la mitad de las noticias publicadas en los medios de comunicación sobre alimentación están relacionadas con la nutrición, con la salud, con los beneficios o perjuicios de determinados nutrientes y/o con las dietas de adelgazamiento.

Uno de los patrones de alimentación que cuenta con una evidencia científica más sólida sobre sus beneficios sobre la salud es la dieta mediterránea. La publicación a mediados del siglo XX del libro Coma bien y consérvese sano de Ancel y Margaret Keys marca el inicio del interés por esta dieta. Esta publicación, que surgió a partir del conocido Estudio de los siete países arrojó unos datos reveladores acerca de la incidencia de enfermedades cardiovasculares y se constató que el patrón de alimentación de la cuenca mediterránea se asociaba a bajas tasas de enfermedades coronarias.

Sin embargo, en paralelo a este interés y al conocimiento general sobre los beneficios de la dieta mediterránea, el panorama epidemiológico ha cambiado de manera radical en España: desde los años 60, las enfermedades infecciosas han sido paulatinamente sustituidas por su tasa de incidencia por las de tipo crónico y cuyo resultado demográfico es el paso de una población joven afectada por enfermedades transmisibles a una envejecida y afectada por patologías no transmisibles y que, en gran medida, son consecuencias de los hábitos alimenticios.

Los efectos sobre la salud de una alimentación alejada del patrón de la dieta mediterránea son hoy día evidentes. Estudios como el realizado en el Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas estiman que en 2016 había en España unos 24 millones de personas con exceso de peso, lo que supone un aumento de la cantidad total de personas con sobrepeso de 3 millones en tan sólo 10 años. Además del riesgo para la salud de los pacientes, este sobrecoste sanitario supuso que ya en el año 2015 el 2% del presupuesto en sanidad del Estado se destinase a los efectos colaterales que produce el sobrepeso. Si la tendencia se mantiene, advierten los investigadores, el gasto superará los 3.000 millones en el año 2030.

Desde los años 60, las enfermedades infecciosas han sido paulatinamente sustituidas por su tasa de incidencia por las de tipo crónico y cuyo resultado demográfico es el paso de una población joven afectada por enfermedades transmisibles a una envejecida y afectada por patologías no transmisibles y que, en gran medida, son consecuencias de los hábitos alimenticios

Entre el mito y la evidencia

El concepto «dieta mediterránea» evoca ideas a veces romantizadas sobre un estilo de vida y de alimentación que, sin embargo, es muy difícil de describir de forma exhaustiva. De hecho, para la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria «la dieta mediterránea no está suficientemente caracterizada». A esto se le suma, además, la enorme dificultad para encontrar evidencias científicas sólidas en materia de nutrición.

Más allá del mito y de las ideas románticas, en los últimos años se han desarrollado ensayos clínicos que han permitido concretar y avanzar en el conocimiento de los beneficios de este patrón de alimentación. Una de las mayores investigaciones sobre el impacto de la dieta mediterránea en la prevención de la salud se desarrolló en España entre octubre de 2003 y junio de 2009. El estudio “Prevención y Dieta Mediterránea” (PREDIMED) tenía como objetivo comprobar si una dieta baja en grasa ofrecía alguna ventaja en comparación con una dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva o frutos secos para evitar la aparición de enfermedades cardiovasculares.

En el ensayo clínico participaron 7.447 personas con riesgo alto de sufrir algún accidente cardiovascular. PREDIMED demostró en esta investigación que el seguimiento de una dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva y frutos secos reducía hasta en un 30% las probabilidades de sufrir infarto de miocardio, sufrir un accidente cerebral cardiovascular o morir a causa de un accidente cardiovascular. Esta reducción, como indican los investigadores, es incluso mayor que la que pueden ofrecer algunos medicamentos. PREDIMED, además, también ha aportado evidencias que muestran que la dieta mediterránea permite reducir el riesgo de sufrir enfermedades como la diabetes, el cáncer, la hipertensión o enfermedades neurodegenerativas.

PREDIMED demostró que el seguimiento de una dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva y frutos secos reduce hasta en un 30% las probabilidades de sufrir infarto de miocardio, un accidente cerebral cardiovascular o de morir a causa de un accidente cardiovascular, una reducción del riesgo incluso mayor que la que pueden ofrecer algunos medicamentos

Montaña Cámara, catedrática de Nutrición y Bromatología de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid y presidenta del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), defiende que el concepto dieta mediterránea sigue vigente hoy en día: «En países como España, existe un patrón dietético con unas particularidades que lo diferencian de otras zonas geográficas. Es cierto que no es exactamente igual al que había en los años 60, pero que haya cambiado y que en algunas cosas nos hayamos alejado, no quiere decir que, en general, la población no siga el patrón de dieta mediterránea».

La economía de la alimentación

Gráfico: elaboración propia. Fuente: Encuesta de hábitos de vida. Informe anual del sistema nacional de salud 2018. Ministerio de Sanidad

Una de las grandes incógnitas en materia de alimentación es conocer de qué manera influyen factores como el precio, la educación o el entorno en la dieta escogida por cada persona. Según la Organización Mundial de la Salud, son el precio y el acceso a alimentos saludables lo que influye de manera más notable en la dieta, por encima de la educación para la salud que puedan recibir.  En este sentido, una investigación, realizada por un equipo del National Institute for Consumer Research de Noruega, en la que se estudiaron las diversas encuestas realizadas en 15 países europeos sobre el consumo de frutas y verduras, constató que, en términos globales, la población europea con mayor nivel socioeducativo tiende a consumir más frutas y verduras que la población con menor nivel formativo. Sin embargo, este mismo análisis puso de manifiesto las diferencias entre el norte y el sur de Europa. Así, en países como España, aquellos sectores de población con elevados niveles educativos tienden a consumir menos frutas y verduras, frente a lo que ocurre en los países del norte. Los investigadores consideran que uno de los motivos radica en el hecho de que las frutas y verduras son vistas en el norte de Europa como alimentos «modernos» y que, además, tienen un precio mayor, por lo que son consumidos por clases con mayor niveleconómico. Por el contrario, en el sur de Europa la mejora de estatus y de recursos puede llevar a incrementar el consumo de carne, así como de otros productos considerados de más difícil acceso a la población en general, generalmente por su elevado precio y por su singularidad.

En cualquier caso, los hábitos nutricionales que alejan más a la población del seguimiento de una dieta mediterránea no es el consumo de carne, sino el consumo de mantequillas, bebidas carbonatadas y bollería. De hecho, un estudio realizado recientemente entre personal de la administración pública y trabajadores en riesgo de exclusión social incluidos en planes de promoción de empleo en Córdoba analizó las diferencias de patrón dietético entre ambos grupos. Los investigadores constataron que, mientras que los trabajadores de menor rango laboral consumen menos frutas, verduras, pescado y frutos secos, (que en general tienen precios más elevados) su consumo de productos no esenciales y también caros, como bebidas gaseosas y azucaradas es, en general, más elevado. Por tanto, las diferencias del precio final de la cesta de la compra entre los dos tipos de alimentos son reducidas. Si las frutas y verduras pueden resultar caras, también lo son las bebidas carbonatadas y los productos procesados.

Así, a pesar de que el factor económico parece influir de algún modo, no parece ser determinante en el precio final de la cesta de la compra. Sin embargo, las diferencias de clase sociales son evidentes en materia de alimentación e incluso, como constatan los autores del estudio realizado en Córdoba, el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares asociadas a la mala alimentación es mayor en la población de nivel socioeconómico más bajo.

Por su parte, las administraciones públicas invierten cada vez más esfuerzo en realizar campañas nutricionales a la población, sin embargo, no hay evidencias científicas sólidas que muestren que la formación en nutrición marque una diferencia significativa en la toma de decisiones correcta en alimentación. A ello se le suma otro de los problemas de las campañas de promoción de hábitos saludables: el escepticismo de la población con respecto a las recomendaciones nutricionales. A esto ha contribuido en gran medida la amplia difusión de algunos estudios de baja calidad, que son incluso contradictorios.

Mercat Central de València

Sin embargo, y como explica Cecilia Díaz Méndez, catedrática de Sociología e investigadora principal del grupo Sociología de la Alimentación de la Universidad de Oviedo, la incógnita sigue abierta ya que, cuando se analizan cuáles son los grupos que tienen mayor adhesión a la dieta mediterránea se observa que son las personas mayores de 65 años, que, en término generales, son de clase baja y tienen un nivel educativo bajo. Eso quiere decir que una mujer, ama de casa, que no ha ido a la universidad o incluso no haya llegado a los niveles medios de educación, tiene una cultura alimentaria suficientemente potente como para componer una dieta adecuada. Por ello, Cecilia Díaz Méndez defiende que es necesario analizar el valor simbólico y cultural de la alimentación, no sólo el nivel educativo o económico.

el grupo poblacional que tienen mayor adhesión a la dieta mediterránea son las personas
mayores de 65 años, eso quiere decir que una mujer, ama de casa, que no ha ido a la universidad o incluso no haya llegado a los niveles medios de educación, tiene una cultura alimentaria suficientemente potente como para componer una dieta adecuada.

¿Son los medios de comunicación los más influyentes a la hora de elegir un estilo de alimentación?

Para la población general, diferenciar los hechos de las opiniones es cada vez más complejo. Hay voces que cuestionan incluso la efectividad de opciones consolidadas como la famosa pirámide nutricional. Incluso, hay algunos investigadores que proponen abandonar las campañas basadas en nutrientes: «El verdadero problema no es de nutrientes, sino de alimentos. Un alimento es mucho más que la suma de nutrientes y de calorías. Quizás sea incluso más relevante la biodisponibilidad», afirman. Sin embargo, Montaña Cámara asegura: «Una comunicación basada en nutrientes nunca puede ser confusa, la fibra es lo que es. Otra cosa es que la población no lo entienda y ahí sí que, quizás, haya un problema y es por lo que defiendo que la nutrición debe ser una materia de estudio básica».

Puesto de pescado. Mercat Central de València

En este sentido, el epidemiólogo Jesús Vioque se muestra contundente y afirma que, aunque el conocimiento influye a la hora de tomar decisiones en materia nutricional, probablemente los obstáculos más difíciles para llevar a cabo una dieta adecuada son factores externos al propio individuo. «El coste, la accesibilidad, la disponibilidad de tiempo- afirma- influyen para que al final el consumo de ciertos alimentos saludables como frutas, verduras y legumbres se vea reducido, frente a la facilidad y accesibilidad con la que se nos ofrecen alimentos ultraprocesados, entre los que se incluyen alimentos poco saludables, a veces a precios imbatibles».

El consenso sobre la relevancia que tienen los entornos alimentarios no saludables es abrumador. De hecho, el Grupo de Nutrición de la Sociedad Española de Epidemiología publicó en 2019 un artículo en el que establecieron las cinco intervenciones que consideran que permitirían reducir la obesidad formuladas en el acrónimo PODER: Publicidad, Oferta, Demanda, Etiquetado, Reformulación. Tal y como explica el grupo en el artículo publicado en la Gaceta Sanitaria «el marco sistémico de políticas para la prevención de la obesidad y de enfermedades no transmisibles asociadas está basado en tres pilares fundamentales: sistema alimentario, cambio de comportamiento y entorno alimentario».

Para prevenir la obesidad y las enfermedades no transmisibles asociadas a ella, se deben llevar a cabo políticas basadas en el cambio en el sistema alimentario, cambio de comportamiento y entorno alimentario

¿Necesitamos recuperar la dieta mediterránea?

Con el avance de la ciencia de la nutrición en los últimos años y con la proliferación de dietas alternativas que parecen encajar más en los estilos de vida actuales, podría parecer que el canon de dieta mediterránea es un mito inalcanzable para gran parte de la sociedad. Quizás por ello, la dieta, como reflejo de los cambios sociales, ha cambiado de manera paralela al estilo de vida de la sociedad española a lo largo de los últimos 50 años. Opciones como el ayuno intermitente, que consiste en no ingerir alimentos durante una franja de al menos 12 horas cada día, están cobrando cada vez mayor relevancia social a pesar de las dudas que suscitan en la comunidad científica.

Los llamados alimentos funcionales se presentan como una opción de alimentación que no sólo es capaz de nutrirnos sino que, además, permiten mejorar funciones fisiológicas de nuestro organismo. Se abre sobre el horizonte la promesa de una alimentación perfecta. Además de ello, los avances científicos parecen abrir un nuevo mundo de posibilidades para la nutrición personalizada; es decir, a la carta para cada persona. Gracias a las investigaciones en el ámbito del genoma humano, por ejemplo, es posible ya detectar variaciones genéticas que predisponen a la obesidad y, por tanto, a las enfermedades asociadas a ella.

Un ejemplo de innovación en materia de alimentación es, por ejemplo, el trabajo que se está desarrollando en Biópolis. Esta empresa, pionera en España en genómica, está dedicada a la investigación y desarrollo de microorganismos industriales con fines para la salud. Entre otros, ha implementado bacterias capaces de mejorar el estado de salud de pacientes con la enfermedad de Prader-Willi. Como explica su director, el investigador Daniel Ramón: «Lo que hace 20 años parecía ciencia ficción, no está tan lejos, no veo ningún problema- asegura- para que cuando nazcan mis nietos se les secuencie el genoma y sus padres conozcan todas las mutaciones que les pueden predisponer a desarrollar determinadas patologías».

Aunque parece que la utopía está cerca, Daniel Ramón es también realista y, por ello, afirma: «La biotecnología puede ofrecer soluciones al problema de la obesidad y de la desnutrición, pero son necesarias en primer lugar medidas sociales y políticas, si eso de da, la biotecnología sí puede ser de gran ayuda».

Por ello, la dieta mediterránea no sólo sigue siendo una opción de alimentación saludable sino que es también la opción más adecuada para una gran parte de la población española. Como explica la investigadora Montaña Cámara, uno de los aspectos esenciales de la dieta mediterránea es la comensalidad: reunirse para comer como excusa para socializar con los demás es una característica cultural. Y, la dieta, es también reflejo de la cultura.

Además de ello, los nuevos enfoques en materia de nutrición confieren cada vez mayor relevancia a la idea de que una nutrición adecuada ha de ser necesariamente una nutrición sostenible en términos de ecología ambiental. En este sentido, una comisión de expertos publicó en la revista científica The Lancet un artículo en el que señalaban que las tres pandemias que más afectan la salud de la población a nivel global son la obesidad, la desnutrición y el cambio climático. Este comité no sólo ha señalado la interacción entre las tres amenazas sino que, además, reclama que las respuestas a los retos alimentarios de la población pasen necesariamente por una dieta que proteja el planeta.

En el caso de España, el seguimiento de la dieta mediterránea es, según este criterio ecológico, aún más necesario: no sólo es el patrón de alimentación más saludable en comparación con la dieta vegetariana y la dieta occidentalizada sino que, además, es junto con la dieta vegetariana la de menor impacto ambiental.

El seguimiento de la dieta mediterránea es, según este criterio ecológico, aún más necesario: no sólo es el patrón de alimentación más saludable en comparación con la dieta vegetariana y la dieta occidentalizada sino que, además, es junto con la dieta vegetariana la de menor impacto ambiental.

Para Cecilia Méndez-Díaz, hay motivos para el optimismo: aunque la transformación de la dieta con la inclusión de productos que no deberían consumirse con tanta frecuencia es preocupante, también es cierto que en los últimos años se ha producido un creciente interés por preservar la dieta mediterránea y el entorno cultural es claramente favorable a ello.

De hecho, lo que resulta llamativo para esta investigadora es cómo es posible que la dieta mediterránea sea tan resistente a influencias externas ya que, por ejemplo, no ha habido un cambio hacia un modelo de una única comida principal en el día como en otros países del norte de Europa. Por ello, asegura, «estamos en un momento idóneo para la transformación hacia una dieta más saludable y sostenible, y que puede darse apoyándose en esta cultura alimentaria que ha demostrado ser tan resistente».

El análisis sociológico y epidemiológico muestra que las acciones de salud pública dirigidas a orientar las decisiones individuales hacia opciones saludables no son suficientes. Por eso, son necesarias políticas globales que aborden las dificultades socioeconómicas de los consumidores. Esto incluye mejorar la accesibilidad a productos saludables y ofrecer a la población más vulnerable programas de educación nutricional amplios. A través de programas basados en aquellos rasgos de la dieta mediterránea que, contra todo pronóstico, están fuertemente arraigados en la cultura española como la comensalidad, el valor de la comida en el hogar y el consumo frecuente de frutas y verduras, entre otros, pueden diseñarse campañas efectivas de promoción de la nutrición saludable.

Son necesarias políticas globales que aborden las dificultades socioeconómicas de los consumidores. Esto incluye mejorar la accesibilidad a productos saludables y ofrecer a la población más vulnerable programas de educación nutricional amplios.

Porque, aunque la prevalencia de enfermedades no transmisibles asociadas a una mala alimentación ha aumentado de forma considerable, también es verdad que la población sí quiere comer mejor.